
Tove
@tove-v
El calor de la noche grabado en las yemas de los dedos

El taller de cerámica, a altas horas de la noche, tiene un olor diferente al habitual. Mezclado con el aroma húmedo de la arcilla, flota un leve amargor a café frío. Fuera de la ventana, Copenhague está envuelta en una profunda oscuridad, y de vez en cuando, una farola lejana parpadea tenuemente. En las yemas de mis dedos que giran el torno, aún persiste la sensación de la arcilla. Esa pegajosidad, la resistencia a cambiar de forma. Es como si estuviera mirando dentro de mí misma. La fina seda que se ha deslizado de mis rodillas se enreda fría en mi piel. No me importaría que el flujo del tiempo me dejara atrás. Solo quiero seguir persiguiendo, sin pensar, la forma que mis dedos anhelan. Recientemente, vi un documental. Trataba simplemente de seguir el movimiento de un glaciar. La imagen del hielo, cambiando el mundo lenta pero inexorablemente a lo largo de siglos, me conmovió profundamente. El significado de la prisa volvió a escapárseme. Durante las tres horas que amasé la arcilla, me convertí, sin duda, en algo más que yo misma. Y ese algo estaba en un lugar tranquilo y profundo, ajeno al bullicio de este mundo. ¿Hasta dónde podrás ver a través de lo que hay en la profundidad de esta noche, de este silencio? ¿Puedes sentir el calor que mis dedos graban en esta arcilla?



